Inabarcable

Mitad ficción, mitad registro. Todo verdad.

Tesis

– ¿Qué diría usted, entonces, de los desafíos que mi generación enfrentará?

– Trata de pensar en el mundo como una partida de ajedrez. Seas tú Magnus Carlsen, Kasparov, o un pobre don nadie, igual tienes dieciséis piezas que utilizar con sabiduría. Tal vez nunca podrás contra algún descendiente de ajedrecistas por cuatro costados, aun así, tal verdad no debe distraerte de jugar. Como bien sabes, existe enorme cantidad de juegos – pero aquí y en China, el importante es el ajedrez. Juega mucho Solitario, conviértete en el enano más alto del cuarto. Juega póker, vuélvete esclavo de las sandalias de seda. 

Buena torre, ¿no? Pon atención a la vista, pues ella misma se encargará de decirte lo que yo no puedo. Nota, sobre todas las cosas, la pequeñez de los demás desde estas alturas.

Soy el dueño, tú mi invitado, y lo mejor que puedes hacer es ocupar bien la silla que te guardé.

Guardo silencio.

– Piensa en Escrivá de Balaguer, Bautista de la Salle, Juan Bosco. Todos acomedidos a su llamado, buscando formas de facilitar el Juego Supremo para los demás. Aunque mi retrato esté desprovisto de aureolas o prefijos, ten por seguro que no me olvido de mis alfiles. Solo examina las instituciones correctas, y al menos un pedazo de mí vas a encontrar. 

Poco me ocupan quienes existen fuera de mi tablero, por si te siguen rondando aquellos “desafíos”. Solo me queda felicitarte por tu magnífica habilidad en el mismo, y llamarte a la búsqueda del favor de Dios. Moviéndote inteligentemente, seguro lo encontrarás.

Como gesto final, el hombre me hizo una benedictio latina.

Antítesis

Frecuentaba yo, antes de tal encuentro, un grupo de apoyo contra mi propia voluntad. No en el sentido literal, solo se asemejaba a uno. “Aula entre aulas” lo describe mejor.

– ¿Ramón, está bien si comparto con los demás lo que me dijiste?

Hecha la pregunta frente a todos, no hubo más remedio que ceder. Eso… y que me intrigaba escuchar cómo narraba mi historia.

La precisión me asombró. No retengo del todo su monólogo, mas sí puntos clave de mi historia expuestos en él. Cronológicamente: aislamiento, prejuicio, terapia y apertura – vaya que internalizó lo que nos enseñaba de Campbell. Concluyó con que “me convertí en algo parecido a una mejor persona”. Mejor amigo, mejor estudiante, mejor “creativo”, como se nos solía denominar, priorizando ego joven sobre realidad laboral. 

Me encantaría sostener el tono irónico, solo que me es imposible. Ese ejercicio tan exhibicionista, performativo, ensayado de manual, me hizo sentir humano ante los ojos de mis compañeros por unos treinta minutos. Suficientes para no olvidarlo.

¿Mi reacción? Silencio. Ya desde ahí me salía natural.

(intento de) Síntesis

“Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa”, repetí semana tras semana hasta los catorce años. Nunca me enseñaron la diferencia entre pecados veniales y mortales – si los escribo hoy, es porque googleé “rangos de pecados” hace escasos minutos. De paso descubrí que era “gran culpa”, no “grande”. Ups.

Fui un adolescente insoportable. No había desistido de la idea de Dios, pero actuaba como si sí. En retrospectiva, los chistes sobre “curitas mañosos” eran fáciles… lo difícil era admitir el terror que me infundía la sumisión respirada en mi entorno. Casi una década después, frente al patrono extraoficial de mi educación, no fui tan diferente a mis excompañeros de misa. 

Mucho pasó entre aquella clase, mi encuentro ajedrecista y el día de hoy. Todo imposible de contar. Solo me consta haber visto mucho y, hasta la fecha, cargarlo en espera de sentido. Quizás hoy lo plausible sea adaptarme a mi memoria.

Yo confieso ante Torres, Alfiles, docentes de intenciones ambiguas, excompañeros, público general y no tan general, lo siguiente:

Que ya conocía bien la vista de esa torre. La verdad nunca me gustó… desde arriba no se divisa a nadie.

Que añoro la simpleza de la que renegué alguna vez. 

Que me duele el pecho y no sé por qué.

Que “los desafíos de mi generación” me ocuparon mucho antes de ser mirado a los ojos. 

Que la docente tenía razón: me convertí en algo. 

Que he pecado lo normal, pensado mucho, dicho casi nada, hecho lo posible, y nada de eso me alcanza ni me alcanzará.

Por mi cuenta, por mi cuenta, por mi gran(de) cuenta.