El Vuelo de Ícaro

...

Déjenme iniciar con este extracto de Schopenhauer:

“No existe en la Naturaleza criatura más vacía y repugnante que el hombre que se aparta de su genio y no mira sino a derecha e izquierda, hacia atrás y al horizonte. Al final, es completamente ilícito atacar a un hombre así, pues no es más que envoltura exterior carente de contenido, una vestidura ajada, pintarrajeada, hinchada, un espectro aureolado que no suscita temor ni compasión.”

Empezamos fuertes. Si bien no me sentí aludido al leerlo, tampoco me resultó tan fácil decir “así es, estimadísimo Arturo. Nosotros sabemos qué pedo”.

Hubo un tiempo donde parecía sencillo – claro está, entendía más de teoría que de acción. Así lo propiciaba el entorno, similar a un limbo donde todo lo importante se administraba torpemente, sin reconocerse. El subtexto pasaba a ser una sobreutilizada guardería de miedos, útil para contenerlos “mientras ves cómo enfrentarlos”. ¿Saben qué es lo grave? Estando aún ahí, les hubiera descrito mis circunstancias de la misma manera. Mi conciencia siempre tuvo filo… mi capacidad de traducirla en elecciones, no tanto. Las emociones te nublan. Confundes lo general con lo particular. Te convences hasta de lo imposible, con tal de seguir disponiendo de tan efectiva guardería.

Claro está, las colegiaturas que te exige son impagables. Piensa NYU sin beca, pero en vez de dólares, son noches sin dormir. Actuar redujo tan mortífero saldo, aunque lejos, enfocado más en lo desconocido. Lo que sí conocía me inspiraba el momentum de un trayecto rutinario hacia alguna vulcanizadora. Una vez di el salto… ¡ya estaba volando! Sin permiso de nadie, equipado solo con la voluntad de ajustarme al trayecto. Y no me quejo. El vuelo ha tenido pausas, matices, altibajos, me ha hecho sentir que por fin ejercí la autonomía con la que me criaron. “¿Para qué vivir, si no puedes hacer lo que se te pegue la gana?”, dijo mi abuelo un buen día, sin saber lo mucho que lo citarían después.

Iniciar. No mirar atrás. Perseguir lo interesante. No complicar. Leer rápido los silencios. Evitar invertir en lo ambiguo. Repetir. Menuda vida queda como resultado – duermes mejor, te concentras, y eliminas facilísimo las fricciones con el otro. Sin embargo, dentro de esta inercia detecto dos puntos de riesgo. Analicémoslos:

  1. “Evitar invertir en lo ambiguo”. Ambigua, a veces, es la voz de mis familiares por teléfono. No sabes cómo se sintieron en el trabajo, en la escuela (tratándose de mi hermana), o con los amigos. En esa clase de ambigüedad invierto por amor – palabra clave. ¿Qué con el amor? ¿Lo dosifico, se lo doy “a todos” como sugieren algunos hippies? ¿Lo contengo celosamente en alguna capa inaccesible de mi personalidad? Ninguna opción que encaje con mi marco suena bien, tal vez porque amar implica arriesgar. Cómodo puedo estar en circunstancias emocionalmente neutras – no obstante, una vez aparezca aquella temible variable, quedará poco proceso por defender. 

  1. “Iniciar”. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Para qué? Al responder estas preguntas, se evalúa lo verdaderamente importante: sostener la iniciativa. A veces, el “¿qué?” es una tontería. Otras, el “¿con quién?” decepciona. La evaluación, entonces, no habrá de servir para descartar lo imperfecto – si no para nutrirlo con cualidades propias, ajustadas a las circunstancias. Si bien un inicio sin análisis puede servir de entrenamiento, nada importante subsiste de temeridad.

Volar es nuevo para mí. Antes sólo pensaba en lo diferente que era por querer hacerlo. Ya entrado, me encuentro con la misma regla que me tatué en la mente hace rato: “no abandones tus emociones en la guardería”. El contexto es distinto, el ritmo también, más dicha lógica prevalece. No solo “para enfrentar lo importante”, si no para cuidarlo – e incluso, desordenar todo en nombre suyo.

Quiero reconciliar la lógica que me ha dado fluidez con sus propias limitaciones. Ya próximo a terminar la universidad, sé que el mundo no me premiará por mantener mi humanidad. Aún así lo haré – no por la dureza de Schopenhauer, más bien, por mi dignidad. Por honrar a aquel niño, luego adolescente, luego adulto joven, que nunca imaginó elegir voluntad sobre contención.

Un vuelo limpio no quema. Y tal vez ese es todo el problema.