Lloré por primera vez frente a un amigo a los 17 años. En una extensa plática de carro, me confesó un affaire que sostenía con una amiga. Si bien los dos estaban solteros, su proximidad social demandaba discreción.
Tal vez no quería estar en su posición… pero pensé en lo obvio: muchas niñas me parecían guapas, y aún así, no fluía con ninguna. Mantenía las cosas amigables, pues no me inspiraban mayor conversación. Casi nadie, de hecho. “Ligar” en el sentido juguetón, a-la push and pull, nunca estuvo dentro de mis opciones. Si no tenía paz con mi propio deseo, menos iba a poder manipular el de alguien más.
Cayó la primera lágrima. Y la segunda, y la tercera, y la treintava. “Qué culero se siente querer algo que no existe”, decía. “Tal vez si fuera como ustedes, podría vivir más”. Mi amigo no sabía de lo que hablaba, solo me abrazó. Ni yo tenía idea, en realidad.
Ahora tengo 22. Hace unos 4 meses, casi lloro frente a otro amigo – hubiera sido la segunda vez.
Atendí un evento conmemorativo con él. Ya dentro, recuerdos llegaban como ráfagas: eran demasiados. La mayoría, promesas nunca concretadas. Esperanzas precoces, fuertísimas, propias del inicio de carrera, que contrastaron feamente con el estado en el que encontré las cosas. Tal vez fueron los ojos apagados, tal vez, la resignación generalizada.
Cayó la primera lágrima. Dije “yo creo que aquí no conviene”, ignorando las ofertas de contención de quién me vio mal. Bajé al baño, y salieron todas las demás. No fueron suficientes. Al “terminar”, mi energía se volvió expansiva, mi movimiento, fluido – había que aprovechar, pues lo cotidiano no me lo permitía. Exprimí mi careta hasta el último momento.
Llegué a mi departamento, donde colapsé instantáneamente. Tras una hora de silencio raro, salió todo: frustración, tristeza, alienación, decepción, soledad, ira inclusive. Suficiente para disculparme al instante con los familiares presentes.
En general, siempre había querido participar – de ahí mi llanto adolescente. El ligue era consecuencia variable, no objetivo. Esa vez, la sentí como el culmen de todo lo vivido desde aquellos días inocentes… y discúlpenme, pero menudo chiste de mal gusto. Anticipé que dicha etapa tendría fin, solo no pensé que dolería tanto. “Es solo la antesala”, me repetía, como si pudiera distanciarme emocionalmente de ella.
Por más herido que estuviera, algo tenía claro: no podía culpar al mundo por ello. Dirigí la mirada al espejo, así observando por última vez al mentado tuerto entre ciegos. Al que veía tanto, y actuaba poquísimo. “Crécete otro ojo, dos gramos de gratitud, y de paso un par de testículos”. Fue como regañar a un catador de excrementos.
No hubo transformación inmediata, menos redención épica. Hubo – hay – días donde me extraño a mi mismo. Donde, tras quitar las capas que me protegen de reproducir errores históricos, encuentro al mismo niño asustado. Ya no de “querer algo que no existe”, más bien, de que se maltrate lo poco que le da verdad. Y aunque sean tiempos de transición, recuerdo que siempre brillo un poco más cuando me imagino quedándome.
Hago lo mejor que puedo. Intento ser amable. Busco gente con brillo en los ojos. Quiero querer mejor a las cosas que existen.
-RTHG, 28/02/2026