Recién pasaba a prepa. Quería algo muy simple: sentirme legítimo. Las puertas se me abrían solitas, papá y mamá eran buenos, seguía con mis videos. Aún así, nada de eso parecía suficiente.
Lo social no me resultaba ajeno, más tampoco me ocupó. Reu cada dos meses, si es que se daba: los fines normales se cubrían con tardeadas pequeñas, extracurriculares, o salidas familiares. Proyectos creativos a tope, buena formación musical, antro muy escaso. En retrospectiva, constato lo saludable en lo descrito. Sin embargo… obvio quería más.
Algunos amigos parecían saber algo que yo no. Salían mucho, ¡hasta tenían novia! ¿De dónde iba a sacar novia, si en la escuela la mitad tenía pareja, y las demás se veían igual de indisponibles que yo? “Novia, solo si la conozco en Puebla, en Querétaro, o en cualquier lugar menos Xalapa”, decía, evitando enfrentar mi miedo al rechazo – lo cierto es que me gustaba una niña a la que nunca le hablé. Fallé en saciar mi sed de legitimidad adolescente. Jugar el juego a medias no me ayudó, la pandemia menos.
El silencio me marcó. Traté de platicar sobre esto con varios, más nunca tuve éxito. Algunos estaban muy metidos en la inercia… otros, llevaban su cinismo al extremo. Mis papás me recetaban paciencia y soltura, ambas cosas igual de loables que de imposibles.
Me mudé a Querétaro solo, a los 17 años, en pleno brote de COVID. Procuré tener continuidad con todos. Con los populares, los intermedios, también con algunos rechas que parecían promesas ocultas. Y aun así, el silencio me volvió a marcar. No fue cuestión de dolo, se parecía más a hablar en portuñol: al principio resulta jovial, hasta interesante, pero después de un rato… cansa. Si a alguno le diera mutismo, me sentiría mal. Muy, muy mal, incluso, pero en el fondo no cambiaría demasiado nuestra relación. Ya todo se dijo desde hace rato.
Supe de varios que sí lograron continuar su conversación. Algunos terminaron hablando portugués, español, o quién sabe qué idioma, otros siguen modificando su patois regional. No importa demasiado. Yo llevo rato rehusándome a intentar cualquiera de las dos.
Preferí aprender más dialectos, todo con el propósito de pulir el propio. Comencé como pude, en otro entorno que no necesitó absorberme para aceptarme. Su eventual silencio me continúa enseñando cosas. Hoy, no me siento ni en la línea de salida, pero sí con mucha más autonomía – y ya no sé si me ayudó el tiempo en Querétaro, mi formación autodidacta, las constantes decepciones en Xalapa, o mi más reciente faux pas en cierta embajada extranjera a la que no volveré. Quizás fue todo. Todo lo que pude VIVIR, en mayúsculas, sin tener que observar, administrar o alejar.
Me encantaría darle un cierre positivo a este texto – dado el movimiento constante en mi vida, no puedo. Mis áreas de mejora quedan al desnudo, así mismo, la parte donde alguien me elige (o me dejo elegir) brilla por su ausencia. Veo más prudente agradecer la mera oportunidad de escribirlo. Esto es un poco de lo que he podido construir con orden en mi vida.