Mapa hacia julio

Memorias, ajuste de cuentas y próximos pasos.

Ante ustedes se encuentra uno de mis textos más difíciles de resumir. Lo dividiré en dos capítulos, ambos importantes. No tienen que leer todo (hueeeeeeva), skimeen y elijan el de su agrado si eso prefieren. 

CAPÍTULO 1 – SER HOMBRE

A mis hermanos, ninguno de sangre:

Antes que nada, quiero platicarles sobre los tíos que siempre ubiqué, más nunca conocí. Aquí algunos nombres aprendidos de oído: 

Enrique, Beto, Fito, Chano, Olivio, Belo, Gerardo, Efraín (Pín), Agustín, Samuel, Nelo, Güicho, Joel… ¿Carnol? Creo que sí, Carnol. Vieja guardia – Armando, Amedeé y Alfonso, hijos de Jean Abel y Clementine. 

La plaga de filoxera llevó a mi chozno Jean Abel a tierras veracruzanas. Tras décadas de lucha, la exportación de vainilla dio un buen primer empujón. El cebú supuso otro. De ahí, las cosas fluyeron conforme al buen manejo de recursos, y a una cruel selección natural. 

No conocí a mi abuelo Ramón, bisnieto de aquel colono exportador – de él, solo constato inmenso amor vigente, silencio y consecuencias. Cuando nació ya quedaba poco para los míos… si acaso, un apellido ambiguo. Se le presentó una disyuntiva: ¿ceder o partir? Ceder sugería, vagamente, tajadas del pastel a cambio de su individualidad. Partir implicaba trabajo duro. Mantener curiosidad, desarrollar ética de trabajo, rechazar el sicofantismo familiar.

Aun sabiendo que no podría sostenerlo todo, partió. Por eso puedo escribir hoy.

Mi abuelo no fue tan mencionado entre sus contemporáneos… la tradición dicta a los hombres contención sobrehumana y palabras nulas. Sin apropiarme de su memoria, me quedo con lo atestiguado por un par de tías menos taciturnas: otra forma de ser. 

1.1 – LA HISTORIA VIVE EN NOSOTROS, LA CONOZCAMOS O NO.

Soy el tercer Ramón Thomas. No crecí entre rancheros ni plantaciones de limón, más si entre ustedes – fans prematuros del fut, de la NFL, y del porno, aunque eso sea menos tierno. Pasé muchos recreos dibujando mientras ignoraba su balón, sin embargo, nunca quise abandonar la tribu. Una década después, continúan en mi vida para bien.

Les escribo en aras de dejarme ver como hombre. Crecí con una idea rígida de lo masculino – yo siempre lo asocié a concreto, en parte por mi papá arquitecto, en parte por lo importante de dicho material. Sostiene todo sin aceptar un milímetro de atención.

Si bien veo nobleza en dicha idea, también reconozco peligro en su soledad. No me tocaron las adversidades del primer Ramón, ni del segundo… pero entiendo demasiado el preocuparte por lo invisible. Construir, callar lo necesario, y obtener a cambio ambigüedad. No desprecio – de hecho lo contrario – más bien, un trato que grita “¿CÓMO MADRES LIDIO CONTIGO?”

No sé ustedes. A título personal, recién descubro que no soy un robot, soy un humano. Y estoy lastimado. 

No tengo cara que ponerle a mi herida, tampoco un “pinches viejas” para amenizar. Ni de niñas les puedo hablar – solo poseo una conciencia poco original, obsesionada con el dilema de ceder o partir. Oh sorpresa, me intriga la segunda opción.

Ahí les va: mi forma de ser ya me ayuda profesionalmente. Ceder sería avanzar sin la mínima reflexión… partir, contempla preocuparme lo justo por sostener, y tomarme en serio una pregunta casi blasfema: “¿quién me sostiene?” 

En fin, perspectivas hay muchas – esta es la mía, hasta el momento torpe en su práctica. Sin más, aquí es donde nos separamos, pues el texto demanda avanzar y sigo batallando con eso de la contención. Siempre es un gusto.

CAPÍTULO 2 – PERRO VIEJO

Me cancelaron clases presenciales aquel día en septiembre de 2025. Por más teto que suene, eso nunca me gustó. Sin la escuela de por medio, me encerraba demasiado en mi cabeza. En Querétaro vivía en un depa igual de amplio que de solitario, en CDMX, misma esencia: loft espacioso, torre nueva, y cero noción de comunidad. 

Recuerdo mucho esa vez por lo diferente que fue. Debían de ser las 2 pm cuando recibí el aviso de cancelación. Estaba corriendo en un parque – desarrollé ese hábito por la gran tensión que libera, cero por saber lo que hago. No estaba funcionando del todo… había algo en el pecho que fallaba en ceder. Al procesar las noticias, se aflojó un poco. 

¡Cancelaron clases, y me alivié en vez de suspirar amargamente! ¿Qué coño estaba pasando en el mundo?

Hice la comida con Zoom silenciado. Auguraba dormirme temprano, sin embargo, mi cabeza tenía otros planes. Intentaré contarles por qué.

2.1 – LA RETIRADA.

Lo que me quitó paz tanto en la escuela como en solitud es antiguo. Trazo su origen a Querétaro, en 2024, año donde me di permiso de explorar cuidadosamente un entorno que no me gustaba. Fruto de ello fue encontrar buenos compañeros, así como desarrollar una mejor presencia. Dentro de las consecuencias “complicadillas”, destaco la carga presente por saberme de paso, aún sin tener rumbo definido. Al final, 2+2 son 4: si no estás convencido, toca irte.

Por experiencia, estaba advertido de lo efímero en los oasis sociales. A pesar de ello, les confieso que siempre hubo una parte mía aferrada a quedarse: irracional, triste, tímida, propia de quién adopta un perro viejo. Mientras estuve obligado a continuar ahí, la exprimí hasta la última gota. Sintiéndome mal cada tercer día por las crecientes cataratas del perro metafórico, más nunca dejando de sentir.

Seguí en Querétaro hasta junio de 2025. Como las metáforas improvisadas no son ciencia exacta, solo puedo confirmarles la muerte del perro, e intuir su fecha. Apostaré por abril. El resto de mis días ahí los pasé sin sostén – fui entonces tomado rehén de mi versión pública, así suprimiendo cualquier verdad que el mundo pudiera maltratar.

En agosto, sin compañía alguna, llegué a CDMX al salón más bizarro de mi vida. No pude dormir ese día de septiembre, debido al residuo emocional que dejó el gran-no-tan-gran experimento queretano. A la fecha, puedo condensarlo en la siguiente sensación: olvidar cómo es un oasis fuera de tu familia. 

2.1 – ¿LIBERTAD?

Esto no lo pude haber escrito en septiembre… en octubre tampoco. Hoy, tras semanas de tranquilidad, entendí que no estoy solo. Aunque reconozco lo único en mi situación, ahora veo algo más grande: una lucha universal contra las circunstancias, donde lo verdadero queda atrapado entre inercias ajenas. Al librarla todos damos lo mejor que tenemos, sea mucho, poco, o nulo. 

No sé si es posible vencer. Pero sé cómo es ganar terreno, y eso me parece suficiente para nunca dejar de intentarlo.

Me gradúo de la universidad en siete meses. Aún medio aturdido, me rehúso a deshonrar tanto al mentado perro, como a todo lo bonito que viví. Cierro con esto, en absoluta ignorancia del futuro:

Todo se mueve en direcciones contradictorias, todo el tiempo, para siempre. En medio de ello estamos nosotros, muchas veces confundiendo inercia con voluntad. A mi juicio, distinguirlas es la base para elegir bien. Y si lo aprendemos a hacer, tal vez tengamos una oportunidad contra lo que nos diluye. 

Feliz navidad.

Ramón Thomas Godos, 23/12/2025.