Pobres de los pobres

Sobre el temor a crecer mal.

En un futuro no muy lejano, avistándose sedanes con menos ángulos y pantalones de mayor tiro, una premiere se estrena. Tanto Cinemex (vaya que sigue existiendo) como Cinépolis, se disputan el monopolio de boletos.

“Qué emoción”, dice Lara, esposa, madre de dos, gregaria. “A ver qué onda”, comenta, por su parte, Aaron, hijo de viudo, observador. Hacen fila en cierto cine por Río Guadalquivir, un sábado de aquellos en que el consumo se concentra un poco fuera del poniente. El fenómeno es nacional – quien dirige, domina las grandes ligas de la economía del prestigio. Los actores conforman un cóctel tanto atractivo como bien preparado. ¿El ROI en Media Buying? Impecable.

En escenas concretas y por actos, intentaré resumirles la película. 

ACTO I

– ¿Cuándo va a mejorar esto? – pregunta Sebastián por teléfono a su madre un mal día. En su departamento, elegido como quien busca en Propiedades.com “cuarto de vecindad piterísimo y caro”, intenta descansar de su atareada mente.

– Cuando aprendas de lo que te pasó. Todo fue injusto, mi niño, pero eso es el punto.

Ya había escuchado eso varias veces. Es la primera vez que lo entiende – en efecto, lo esperable es la injusticia, sobre todo cuando curas mal tanto entorno como amistades. 

– La gente me huye. Le huyo a la gente. Me huyo a mí.

– Más bien, suena a que estás muy, muy joven, y te tocó una época complicada. 

– Eso me gustaría pensar, solo no me siento seguro en ningún lugar. Todo se ve caótico y sin la dirección que me imaginaba.

– Esa dirección la llevas contigo.

Silencio. Se aguanta las lágrimas un poco, procesando lo implicado en tal oración. ¿Si ya está grabada en él, entonces qué procedía? ¿Finalmente exponerse a elegir de nuevo? ¿Con qué garantía…  y sobre todo, con qué tanates?

– Supongo que sí, ma. Ya debo dormir… hasta mañana.

– Hasta mañana, Sebas. Duerme bonito.

Al día siguiente, Sebastián se apersona en su salón 5 minutos antes. Sus ronchas de estrés, al menos por ese día, se opacaron frente a la tranquilidad que emanaba. Un cuarto paz, tres cuartos cansancio severo – no le importaba. Avance era. 

Como terapia de exposición, saluda a Roberto. “Es bien raro, habla demasiado en clase, pero con la gente nunca. Ni un hola. Quién sabe qué pedo”, comentó sobre él poco antes. “Qué onda”, replica Roberto, absorto en su computadora. Había algo en su modo… como si supiera exactamente quiénes eran todos, mas no le importara. 

A media clase, Sebastián sale a tomar aire. Regresa treinta minutos después, y su equipo ya iba avanzado con la actividad del día. En las dos horas restantes, logra decir exactamente tres oraciones, así como rellenar cinco casillas de Excel. “Mejor que ayer”, pensaba para sí.

ACTO II

– Pienso yo, lo mejor sería encontrar un punto medio. El mundo es muy feo, por supuesto… solo, pues… muchos son demasiado viscerales reaccionando ante él. La neta no me importa tu piercing, ni tus tatuajes fine line. Yéndonos al otro extremo, tampoco tu membresía de Equinox, o si tus chalecos dicen Patagonia. La disidencia ya es un producto, asimismo, McKinsey es un esclavista glorificado. Lo más difícil en esta época es definirte sin etiquetas u obviedades estéticas; eso requiere huevos, requiere no tenerle miedo a tus contradicciones.

Roberto, un año después, seguía participando. Siempre danzando entre la lucidez y la arrogancia, su cuestionable hábito le regaló una voz un poco más definida. Lo escuchaban mucho. Claro está, ninguno de sus compañeros lo admitiría a la primera.

Una reunión casual fuera del salón toma lugar.

– ¿Es medio intenso ese cuate, no? – pregunta Desirée. Septum recién hecho, brazaletes excesivos, tenis Asics (los normalitos, Onitsuka le sonaba a encajar donde no quería), y Margo’s Got Money Troubles asomándose en su bolsa.

– Sí. Fresa provinciano. Súper lo veo googleando “consultoras importantes” ayer en la noche – añade Norberto, orgulloso usuario de Onitsukas. Blancos con rayas negras, claro está… ni muerto se pone los chillones.

– ¡Qué grosero, Norberto! No seas de esos – le contestan con fuertes ademanes. El ruido de los brazaletes por poco ahoga el punto.

Sebastián ríe a carcajadas. En tiempo récord, se acostumbró a socializar. El caos ya no lo intimida tanto; a su manera, parece incluso considerarlo hermoso. Abona:

– A mí no me cae tan mal, pero no sé quién se cree. Mucho pontificar, cero actuar. Lleva años sin mezclarse aquí y no parece tener amigos fuera.

Traga un poco de saliva. No tanta, eso sí.

– ¿Y si lo invitamos? – propone Desirée.

– No mames, Desi.

Norberto se muestra firme contra la idea. Desirée, sin carácter (o ganas) para insistir. Sebastián, cual risueño resignado.

ACTO III

– Te amo, Sebastián.

Olivia tomaba clases en el edificio de al lado. Desirée, sin pensarlo mucho, los presentó el último semestre de la carrera. Ni me pregunten sobre su dinámica, porque no tengo ni la menor idea. ¿De dónde la conoce Desi? Sepa la fregada, de la prepa. Del antro. De Kumon. De un balneario en Tulancingo. No importa – tras dos buenos actos, decidieron acelerar todo a lo tarado. Claro, sin descuidar la cinematografía ni su preciadísimo rollo del siglo pasado. Más que un error honesto, me pareció una técnica mañosa de relaciones públicas ante la crítica.

– Te amo, Olivia.

El vals de graduación sigue su curso. Sebastián, antiguo fóbico social, se permitió elegir de nuevo. Hemos de suponer que acertó.

Al fondo, Roberto observa a Olivia. No sabemos si lo hace por naturaleza, o guardándose la culpa de nunca haberle dicho nada. Minutos antes, se nos implica que ya se conocían. Tocándose el pecho como quien contiene un fuerte dolor, camina hacia el baño. Comienza a hiperventilar, y…

– ¿Qué pedo, pinche gato miserable? ¿Cómo vamos de drinks?

– Bien, cabrón. Ahorita me pido otra a tu honor, asqueroso ganapan.

– Órale, no seas puto. Ahorita pescamos algo.

Resultó que sí tenía amigos fuera del salón. Sin embargo, pensar en “pescar algo” solo agravaba su bien disimulado malestar.

Al centro de la pista, Sebastián y Olivia finalmente se besan.

ENCUENTRO

Conforme la gente se retira, Aaron divisa a Lara de lejos. Fueron pares en su primer trabajo, ya concluido hace siete años. Sin dudarlo mucho, la alcanza para saludar.

– ¡Lara! ¿Cómo has estado?

Lo había visto ella primero, desde la fila. Nunca lo despreció… al contrario, desde el primer momento reconoció su intelecto. Solo no se moría por saber de él.

– ¡Aaron! Qué… curioso verte aquí. Muy bien, ¿y tú? 

– Ahí la llevo. ¿Sigues con Francisco?

– Sí, justo tuvimos otra niña. 

– ¡No me digas! ¡Felicidades!

– Muchas gracias, la verdad es que vamos muy bien.

– Qué gusto me da.

– ¿Y tú? A veces me sales en las noticias.

Carcajea, un poco inseguro de cómo abordar su presencia pública.

– Pues ahí la llevo. Es medio pesado, pero el camino se me dio desde muy temprano.

– Sí, claro que me acuerdo. Felicidades, ¿eh? Por esta. 

– Gracias, gracias.

– Pobre Roberto, ¿no?

Aaron sonríe. Es lo que se hace, ¿no? Sonreír, asentir, en ese orden. Sobre todo, no llevarte la mano al pecho. Lara ve su reloj… planeaba verlo. 

– Oye, pues voy tarde, debo acostar a los niños. Qué gusto saludarte.

– Igualmente, Lara. Éxito en todo.

RECEPCIÓN

“Mejor que ayer” debutó en cines recaudando 514 millones de pesos mexicanos. Dirigida por Aaron Price, abrió con 97% en Rotten Tomatoes, asentándose en 93% las primeras semanas. El talentoso exejecutivo de Ápice & Co. utilizará esta obra como trampolín hacia Estados Unidos, previendo una eventual inserción en Hollywood. Dentro de las principales reseñas, se destaca la entrañabilidad de Sebastián, el bellísimo grano de película, y su brillante sátira. “Le tira a todo y a todos”, reportó La Jornada un martes cercano al estreno. “Autobiográfica, conmovedora, única”, aseguró Expansión. Ningún artículo mencionó a Roberto.