Te levantas cada vez menos advertido de todo lo que dejaste atrás. ¿No recuerdas la última vez en la que realmente dejaste de pensar? Para absorber el ambiente, jugar un poco, ver dónde terminas… sin planear ningún movimiento, mucho menos pensar en los detallitos ajenos. A propósito, ¿con quién conectas? ¿Alguna vez te atreviste a tomarte en serio esa pregunta?
El salón de clases aún recibe, aunque ya llevas rato sin ejercer presencia total en uno. Argumentaría que nunca estuviste hecho para eso – siempre eras el de un pie dentro, y otro fuera. Observando mientras, con esfuerzo, comprabas parte de los acuerdos planteados por otros para coexistir. “Formo parte”, “qué padre tema”, “qué buena onda todo”… si, ¡pero al mismo tiempo por supuesto que no!
Te felicito por tu fachada cada vez más convincente – un par de ajustes en dicción, otros en puntualidad, y ya te ves más funcional que en la prepa. Aún así, estás cada vez más lejos, ¿no? Si antes tenías un pie dentro, hoy diría que tienes los dos fuera, así presentándote mediante proyección holográfica avanzada. Extrañísima proyección, por cierto: a veces, todavía noto cómo la desactivas para meter tus dos piecitos, en espera de algo solo entendido por tí.
¿Qué es lo que te quedó, después de tu transición entre enojo, apertura y retirada? No parece que mucho, aparte de varias pistas hacia una verdad indisponible en tus alrededores inmediatos. Por otro lado, bien por abandonar tu frustración – de no hacerlo así, el holograma se notaría más. Aunque tus momentáneos actos de presencia son ingenuos, ¿qué otra cosa puede hacer alguien con tan acérrima ilusión?
Quieres ser ligero, pero sólo sabes pesar. Quieres mostrar la empatía que tienes, pero te gana toooooodo lo otro que ves. Tan autoconsciente, y tan, pero tan necio. Tan sensible y tan reservado. Súper padres tus reflexiones acerca de cómo “no perteneces” – falta incluir la parte en donde te sientes agradecido por seguir aprendiendo de un aula, desde sus tecnicidades hasta su misma gente.
También valdría la pena moderarte con esa máquina del tiempo. Entiendo buscar respuestas en tus errores pasados… también capto la gran culpa que cargas. Pero no hay mucho ahí, solo puentes quemados por tu propia mano – céntrate demasiado en ellos, y también quemarás los que te abran mañana. No tengo mucho más para decirte, pues como tú, me despierto todos los días sin la menor puta idea de qué hacer.
Me queda pedirte algo final… no destruyas la máquina, trata de viajar en ella al futuro. Aunque es difícil, sé que ya intuyes cómo de bien puedes terminar. Pon atención, sé gentil, y que la transformación te sea ligera.
De mí para mí,
con profunda esperanza,
Ramón Thomas Godos