Muchos han caído por su propio peso. Supongo que cuando los testículos descienden, las máscaras también: algunas revelan algo… otras, ni eso. Me gusta pensar que mi caso está dentro de los primeros, aunque sinceramente, aún desconozco en qué se convertirá mi por ahora desordenada identidad. Por el momento, me remitiré a lo que pienso.
El vacío de la pretensión
El top 1% no topa (ni de lejos) a la “nobleza” intermedia de provincia, pero eso no previene que muchos de ellos se vuelvan adictos al name dropping y a cuadros de Alec Monopoly. En entornos donde la abundancia puede falsearse… oh sorpresa, se falsea. Por suerte, eso no anula mi teoría – aquella que postula, con absoluta humildad, que la verdadera métrica del privilegio es la independencia, no el estatus. Entiéndase independencia, como una síntesis personal entre estructura y cosmopolitismo cimentada en humanidad saludable. Suena medio difícil de lograr, ¿no? Por algo siguen vendiendo réplicas de loafers Louis Vuitton en MercadoLibre.
…y el vacío de la observación
De corazón, creo que distinguir a los aspirantes de los titulares es una habilidad fundamental para moverte bien. Saber hacerlo abre preguntas difíciles – ¿Qué tengo de aspirante? ¿O de titular? ¿Quién soy, cuando no estoy ocupado observando a los otros? Hasta ahora, sólo me he permitido bosquejos como “el de las respuestas precisas”, “el que trae algo más”, o peor aún, “el que hace las cosas sin pedir atención”… y ninguno es suficiente. Sólo dos días me bastaron viviendo en la capital, para darme cuenta de ello.
Llevo meses escribiendo sobre lo que aprendí como universitario. Ayer, tuve éxito poniéndolo en práctica: mi elección de semestre no me convenció, entonces, por puro instinto, moví todo para cambiarme. Al lograrlo, concluí lo que probablemente fue el primer día de clases más surrealista que he vivido. Sigo sin racionalizar todo, aunque estoy muy contento con la decisión tomada.
Hoy, operé desde el cansancio y el shock restante, lo cual es humano, pero no sostenible para quien busca avanzar. Todo a mi alrededor, comenzando por la vista de mi departamento, pide claridad. No rumia.
El semestre pasado, me sentí igualito a cuando tenía 14 años, en vísperas de cambiar de escuela. No tenía muchas certezas, aparte de que ya no pertenecía a donde estaba matriculado. Este semestre recuerda a mis 16, recién descubriendo (por Breaking Bad) lo que hasta la fecha es mi canción favorita – me resonó, en particular, por la idea de “irse para nunca volver”.
“Until you travel to that place you can’t come back,
where the last pain is gone
and all that’s left is black.”
Interpreté “Black” como metáfora sobre las verdades que el tiempo se encarga de evidenciar. Me vale que se trate de algo completamente distinto.
Al igual que en aquel entonces, hoy mi peso se está poniendo a prueba. Ya no tengo croquis, sólo miedo y voluntad. Si el tiempo es quien pinta todo de negro, veremos si este trazo me sostiene… o me deja caer.