Puentes

Progresar tiene un precio.

Hace un año, me topé con la pared. Un llamado que siempre tuve dentro se hizo imposible de ignorar. Entonces, sin tener registro de otra forma viable de existir, lo comencé a atender. 

Supongo que lo oficialice comprando rthomasg.com. Esos 200 pesos anuales han sido la menor de mis inversiones, pero soltarlos fue como abrir una puerta sabiendo que se cerraría al atravesarse. Sobra decir, la crucé sin pensarlo mucho. A la fecha no veo caso en divagar sobre lo que dejé atrás.

Quería crear algo que, al menos a mis ojos, definiera un nuevo estándar para la creación de videos en solitario. No obstante, me faltaban varias luces, un estabilizador profesional y por lo menos una cámara de cine, por lo que me ceñí a escribir mientras acumulaba dinero. Fue bajo esas circunstancias que nació este blog, piedra fundacional de todo lo que vendría después.

Su función es, en realidad, multipropósito. No solo hablando en términos profesionales, si no también en lo personal. De esto último cobré conciencia después de un par de artículos: di con que lo estaba utilizando como puente público que conecta lo que en verdad soy, y lo que quiero mostrar a los demás. Su mera existencia delata varias cosas de mí – al menos las suficientes para intuir que quiero ser entendido, con todo y mi obsesión por que sea bajo términos propios. Por algo aprendí WordPress y evité Substack.

Cuando por fin pude poner eso en palabras, divisé otra puerta a mi alcance, una que aún no cruzo. Hacerlo, intuyo, contemplaría seguir avanzando con mi proyecto, pero erigiendo múltiples puentes más para conectarme con quienes me rodean. El tema es que el secreto para hacerlo se llama vulnerabilidad, y poco o nada tiene que ver con CSS o tomar café a las 3 AM. 

Sin embargo, tal como en octubre del año pasado, parece ser que es eso o la pared. Porque bajo esta nueva luz, mi apertura a los demás se ve medio rara. Los patrones que observo me generan un remolino de emociones bastante claras, y me temo, orgullo no es una de ellas. En este espacio, llegué a escribir varias veces acerca de la importancia de abrazar lo genuino cuando se le encuentra. Vaya, como si fuera un paso de manual. Hoy, me he topado múltiples veces con ello como para reconocer en dicho escenario un intermediario caótico: la condición humana. Reservas, fallos y defectos, tanto míos como del otro. Gajes del oficio para la mayoría, paralizantes terribles para uno.

A pesar de que sea medio dramático, este artículo me gusta porque lees a alguien con menos capas encima. Imagino que dejará constancia de que sigo aquí, aunque sin saber cómo quitar las que quedan. Por su parte, la pesadumbre emocional no me distrae, ni debería distraer a nadie, de por qué dejarla salir en primer lugar: si, para sentir plenamente, pero a la larga para progresar. Hay dos respuestas evidentes al arrepentimiento – sufrir, o seguir. Las dos requieren fuerza, sin embargo, sólo una representa posibilidad. 

Elegiré la puerta sobre la pared, como lo he venido haciendo los últimos veinte años. Cierro llamando a elegir bien entre estas dos cuando entren en la visión de quién me lea. Con respecto a un servidor, me limitaré a vivir. En teoría, saldré de ésta mejor advertido del mito de los momentos perfectos, y actuando a pesar del caos.

-R