Hace 8 meses, escribí sobre confundir inercia con voluntad. En abril, un cuento cuyo protagonista no lloraba ni en sueños. Fernando Roustand, le puse. Mucho más fácil que admitir, con mi propia firma, lo admitido ahí.
Ya hacia el término de agosto, varias verdades me explotaron en la cara. Se resumen en ver mucho mientras actúo lo mínimo… ¡y vaya confusión la mía, ya bien acostumbrado al movimiento! Resulta ser que ninguna “ejecución efectiva” funciona, si lo efectuado es equivalente a una diarrea mañanera. No en consistencia, color ni forma – en significado.
Bendito Dios, crecí rodeado de sicofantes y elitistas. Los primeros daban validación, los segundos la arrebataban. Eso me enseñó a desconfiar de fachadas pulcras, justo como la que he erigido por conveniencia estos últimos años. De no haber conocido tal contraste, ya estaría dormidísimo en mis incipientes laureles.
Me mantengo despierto. A veces, eso mismo duele demasiado – y por ello, me refugio en la ambigüedad. Aderezada con el título de “prudencia”, resulta una receta perfecta para el abandono elegante, sea propio o ajeno. No te cuestionan por hacerlo, ni te aplauden en caso de romperlo: al contrario. Si tu honestidad evidencia a terceros, quedas canceladísimo en casi cualquier sociedad.
Otro de mis títulos favoritos para tal acto, era “comprar tiempo”. Si se fijan, ya en el nombre está el problema – “comprar” implica “precio”. Vaya que lo hay. Empiezas cediendo paz, terminas cediéndote a ti mismo… y solo tú puedes moderarte. Conozco demasiada gente que olvida, o niega, el hecho de que paga por sostener sus ilusiones. Sinceramente, pocas cosas me parecen tan aterradoras.
A fin de cuentas, sigo siendo joven. No niego participar en el intercambio descrito, pero también lo reconozco como innecesario de a ratos: una cosa es política social, otra cosa es disolver tu humanidad. Reconozco dos cosas:
- Muchas veces uno cede por ignorancia, miedo o carencia, en espera de mejores tiempos. Si bien resulta comprensible, el alivio de posponer pronto se convierte en carga. La carga lleva a comportamiento errático y, de pronto, ya eres de las personas más difíciles que conoces. El tema (vaya sorpresa) es que la gente difícil lleva vidas difíciles. Ya me pasó, no quiero eso.
- El brillo genuino en los ojos ajenos, inolvidable como pocas cosas, me recuerda que mis mejores momentos como hombre surgen cuando, en medio del bullicio, preservo mi voz. Dejemos que el presente artículo sirva a tal propósito. En específico este, pues considero que últimamente he rumiado demasiado por aquí.
Desconozco lo que siga a continuación. Temo muchas cosas, incluyendo haber pagado demasiado en varios asuntos ambiguos – sin comunicación clara, quedas siempre pendiente de la factura. En estas circunstancias, tanto el optimismo como la gratitud han sido mis mejores amigos.
Sobre todas las cosas, aspiro a proteger a los demás. Quienes lo logran, no lo hacen a través de puestos corporativos rimbombantes, ni cuentotas bancarias (aunque siempre son de ayuda), sino mediante gastos controlados. Y no hablo de dinero.
Mi carrera profesional apenas empieza. No tengo nada aparte de mis historias. Por el momento, eso es más que suficiente. Nos leemos pronto.