“¿Cómo estás? Qué gusto verte”, dicen muchos sin sentirlo. Dicho saludo tiene dos caras: una funcional, loable… y otra más visceral. La segunda está formada de lo mismo que nos hace entretener superficialidad a falta de propósito, títulos a falta de habilidades, y validación a falta de reconocimiento.
La escuela es buena para mezclar las dos caras sin avisarte. Conviene mantener las calificaciones altas, más no ligarlas a tu valor. Conviene (si se da) ser popular, más no sacrificar conexión a cambio de posicionamiento artificial. Estas son algunas de las tensiones que se nos presentan en los primeros años, las cuales no desaparecen con el tiempo. Solo se diluyen.
La universidad es rara. Te da una probada de lo que es la “libertad identitaria” al ser más grande y menos jerarquizada que lo de antes. Sin embargo, continúa tensando funcionalismo con paliativos – te fuerza a convivir con mucha gente, gritándote “apertura” mientras te susurra “simulada”. Que Dios ampare a los beneficiarios de tan cruel engaño. Me encantaría ver a los verdaderos patronos de su educación tomar un curso sobre diversidad.
Conforme más cercano estás a graduarte, más se vuelve evidente su función como proxy del poder. Tal vez por eso terminé desencantado, con todo y sus buenos momentos. ¿Pero quién le va a explicar a la gente, disidente o no, la fragilidad de su comodidad? ¿Cómo ilustrar la magnitud de la subyugación? ¿Cómo proponer algo aparte de funcionalismo y paliativos – llamémosle “elección” – si es tan difícil distinguir entre las primeras dos? Aquí es donde las preguntas me superan.
Y aún así…
“¿Cómo estás? Qué gusto verte”, dicen muchos sintiéndolo. Dicho saludo solo tiene una cara muy, muy difícil de mirar.