“¿Cómo te fue en la uni?”, me preguntaron la otra vez. Ahí les va lo que me hubiera gustado responder.
Era diciembre de 2024. Despertaba tarde, dormía tarde, y una de mis rumias más recurrentes decía así: “Llego tarde a todo. Vivo ensimismado. Ni la empatía profunda me suelta”. En su momento, nombraba tal hecho como el origen de todos mis males.
Recuerdo aún encontrar un mínimo de sentido a quedarme donde estaba – y es que, sin importar lo localista del contexto, no terminaba de absorber la lección (“ábrete más”, ¿supongo?). Eso hasta mediados de 2025, tras un par de ausencias y una docena de presencias triviales. Hasta que la lección, en vez de llevar a una apertura plena, se convirtió en un tormento. Mis alrededores, en una suerte de ciudad fantasma. Suena dramático referirse así a una concentración del Tec (búrlense cuando quieran) – imagínense, entonces, las absurdas circunstancias que le ganaron tal mote. Agosto, junto con una mudanza a la Ciudad de México, le puso fin a mi racha.
Nunca se lo enseñaré a nadie, pero antes de partir, escribí unas 30 cuartillas desmontando con absoluta crueldad el entorno que dejaba atrás. Con diferencia, fui el más salpicado por mi análisis: la precisión ayudaría a no repetir errores. Un año después, sigo sorprendido de lo mucho que ayudó.
“Doy demasiado”, decía cansado meses después, más desde el sentir que desde la razón. “Nadie recibe del todo lo que procuro ofrecer”, sería una frase más verdadera. Mi condición de capitalino en proceso ayudaba, aunque no para soltar lo que cargaba. “En fin”, pensaba yo, “más cambios se avecinan”… y vaya que tenía razón.
En enero de este año, en Río de Janeiro, jugaba (mediocremente) fútbol playero con un puñado de amigos nuevos. Íbamos contra una docena de niños de Rocinha. Soy tan, pero tan mal competidor que ni recuerdo quiénes ganaron – solo sé que, tras uno o dos pases exitosos y varios minutos de juego, caí en cuenta de lo suelto que estaba. No se trataba tanto del fútbol, sino de haberme habituado al movimiento casi sin notarlo. Era mi cuarta ciudad en tres semanas. Mi último semestre de carrera, iniciado en febrero, atestiguó una continuidad casi impecable de tal inercia. Recorrer, en tiempo récord, tanta república bananera (englobando por extensión a México, entonces sin enojarse) sirvió muchísimo para acelerar mi adaptación a la capital. “Doy demasiado” se ausentó de mi mente… no tanto por resolver el tema, sino por haber recibido de la vida, por fin, suficiente de vuelta.
Dicho todo esto… al día de hoy, coexisten en mí dos verdades. La primera, siendo la ya establecida: expandirse ayuda muchísimo. La segunda, algo como “todo cambio cobra tributo del yo que se imaginó quedándose” – y ambas han forcejeado entre ellas por cosas sencillísimas, como decidir si atender a un plan (con gente nueva) que objetivamente me conviene. Hay algo que no siento completamente mío en la narrativa que le han achacado a mi trayectoria, aquella de “se va a comer el mundo sin importar el costo”. Tal vez, porque nunca me he querido comer el mundo… solo sentirme correspondido. Sigue habiendo un gran absurdo subyacente en mis alrededores, los cuales solo redimo por engendrar amistades inmunes a su yugo.
Una última cosa – no empecé a vincularme en enero de este año. Ya quiero muchísimo a varias personas. Solo no sé cuándo, por qué ni para qué las veré.
Llevo un mes graduado, por fin en casa tras mi diáspora. Hoy me desperté tarde, y probablemente me dormiré tarde.
Entonces… bien. Osea, raro, pero me fue bien.