Frío. Natural, amoral, indiferente. Consecuencia de la victoria de lo ambiguo sobre lo concreto.
Alfredo lo sintió desde chico. En la fluidez de sus pares, encontró dificultad. En los juicios fáciles, absoluta incomodidad. Incluso en la declaración más elocuente, veía poco más que fracturas. Hoy, no tiene problema en recomendar ser tolerante a la ambigüedad… como si fuera algo aprendido en un tutorial.
Él sabe que su don no alcanza para enfrentar lo venidero. No obstante, siempre se siente un poco mejor al hablar como si sí. ¿Sus más grandes aliados? El estrado, el traje y la presencia.
– Estimados compañeros, es un honor poder dedicarles estas palabras. Hayamos convivido mucho o poco, estoy seguro de que todos fuimos profundamente marcados por estos últimos años juntos.
“Hoy no”, pensó mientras pausaba. Seguir su discurso implicaría ofrendarse al frío que tanto lo aqueja.
– Solía tenerle mucha fe a la proximidad física, ¿no? Al tiempo compartido. Como si convirtieran la conexión en algo inevitable. Claro está, tal pueril esperanza murió tan pronto se me expuso al contraste entre inercia, elección y cuidado.
Ríe. Su nudo en la garganta comienza a deshacerse.
– Nuestras relaciones siempre han estado intermediadas por instituciones, por lo que no me extraña lo tardío de mi realización. Se las comparto no como profeta loco, más bien, como alguien muerto por poder hablar.
¿Por dónde puedo seguir….? Ah, claro. La ironía. No saben cuánto deseé poder entablar una conversación así con mis compañeritos de prepa. Sobre todas las cosas, imaginaba el alivio en saberme visto. Como un adolescente siempre preocupado por administrar sus facetas, la plática honesta era lo único que me hacía soltar ese control. Hoy, parado ante ustedes, siento muchas cosas. Pero “reconocimiento” definitivamente no está dentro de la lista.
¿Cómo sentirme reconocido por quienes serían capaces de reducirme a mi peor versión, tan pronto me agarraran en un mal día? Es hecho, no acusación. Tan escueta es la idea moderna de “equilibrio”, que tilda de amenaza a cualquier incomodidad… así negando la verdad que lleve consigo. Si incluso con tan cuidado lenguaje muchos de ustedes me atacarán, ¡imagínense si les dijera lo que pienso en realidad! ¡Imagínense si les dijera: “no los odio, es solo que su autocomplacencia, hambre de validación y estupidez general llevan demasiado enfermándome”! Ahí, aparte de ya estar categóricamente señalados, tendrían la excusa perfecta para invocar a la tan incomprendida moral.
Ríe de nuevo, ahora recatándose. Continúa antes de perder el momentum. “Perdón”, dice con seriedad mientras suspira.
– No me retracto de nada. Pero quiero enfocarme en lo más importante: no los odio.
Silencio.
– Llevo demasiado tiempo sintiéndome juzgado. Cuando me dejo ver un poco, o cuando me quedo lo suficiente, resulto incómodo… y no sé por qué.
Por sentido del deber, viajé hace unos meses. Hay una historia muy, muy, muy pesada, también muy privada detrás de mi elección de destino. Ahí, no encontré reconocimiento profundo. Más bien lo alienante brilló por su ausencia, y al mismo tiempo, la escala me superó de formas ridículas. No en términos culturales… en términos de poder.
No diría que regresé cambiado. Si acaso, desde antes comprendí que todo esto – la graduación, el discurso, los abrazos – sirve más como paliativo que como cierre emocional honesto. Más bien, volví a México completamente aterrorizado de lo que hay tras el velo de esta pantomima.
Como les dije, necesito hablar. A pesar de mi ya notable enojo, de mis juicios, de mi distancia, debo confesarles que siempre he disfrutado ser tomado a loco. La tranquilidad implícita en su descarte a veces me contagia. Sin embargo, ya habiendo visto tanto de mi intuición tomar forma concreta, encuentro menos paz. Quizás por eso fue tan fácil insultarlos hace rato… entonces… si. Ajá.
Alfredo toma aire. Ve las caras de sus compañeros, solo notando atención genuina en algunos. Ya no tiene energía para adivinar si lo están juzgando.
– También otra cosa: lo siento mucho.
Completa quietud en la sala.
– Muy en el fondo, anhelo que exista alguien capaz de quedarse con lo que digo. Por ello elijo hablar, no por otra cosa.
Ni un alma responde. Algunos comienzan a retirarse.
– Lo siento por utilizar mi lucidez para mentarles la madre. Aún estoy aprendiendo a conectar desde ella. Hoy nos arrebatan la inercia, por tanto, solo nos queda elegir y cuidar. El sistema me da miedo, claro está, ¿pero saben qué me da más pavor? No estar seguro de cómo hacer ninguna de las dos.
Meh. A fin de cuentas: vine, vi, vencí. Solo ve tú a saber cómo se celebra eso.