Ozymandias, rey de reyes

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El ocaso llega al campus. Fernando lleva caminándolo un buen rato – conoce sus recovecos, su planeación, su arquitectura. Da crédito de los cambios, así como de lo que permaneció igual. Las máquinas del gimnasio, las mesas oxidadas. El olor a caño, la vida estudiantil que nunca terminó de habitar.

“No fue lo mío”, murmura para sí. Sus conexiones más profundas ocurrieron con externos al caos universitario. Conforme rumia todo – desde desencuentros personales, hasta el conflicto irresuelto con su alma máter – su paso se vuelve errático en apariencia. Lo cierto es que el inconsciente, con cruel precisión, lo guía justo hacia donde planeaba no ir. Y llega.

Fernando Roustand, constructor de una IP millonaria y cotizado consejero político, no tendría nada que hacer sentado en una banca putrefacta, desplazada por la apertura de nuevos espacios comunes. Sin embargo, la habita como si fuera el sillón de su abuelita.

Una sensación lo invade: frío. Invernal, indistinto, amoral, presente en cada memoria donde su humanidad fue recibida con silencio. Lo sintió mucho antes de titularse. Si bien el mercado trajo consigo su propia versión del invierno, nunca fue demasiado impredecible para él. Nunca como su sequía primordial.

Se llegaron a sentar con él en la banca, y por supuesto que recuerda. Aunque su promesa de calor fuera incipiente, había algo en ellos que la estructura del mundo suele devorar. Vulnerabilidad sobreexpuesta, sí – pero vulnerabilidad, a fin de cuentas. De aquella que el citadino funcional prefiere reprimir antes que integrar. Pronto, el frío se condensa en su pecho. Ya no congela… quema, arde, lastima, y lo hace tan pronto mira lo que verdaderamente suscitó su visita. Un fantasma. Un espejo. Algo que falló en nombrar.

“No fue lo mío”, murmura de nuevo, ahora sin hilo lógico. “Fallé”, dice con aún menos hilo, más verdad, y una lágrima de por medio.

Lo reciben las sábanas de un hotel que no volverá a pisar. Por primera vez en mucho tiempo, sueña. No existen edificios nuevos ni carteles LED con su cara, las cosas están justo como las recuerda. ¿Tabaco, vape, wax?… le es incierto, más la banca le huele a algo. Entonces, llega una compañía sin rostro legible y mucha curiosidad.

“¿Cómo te fue?”, le preguntan. “Bien”. Tras unos segundos de silencio, siente algo inaudito… ganas de compartir más. 

– La verdad, he estado medio cansado. Todo se siente rarísimo. Construí todo esto porque genuinamente necesitaba hacerlo, más allá… no sé. No lo sé.

– ¿Te costó?

– Más de lo que conviene admitir.

– ¿Por qué no conviene?

– Porque no basta con ser competente. Si parece que te esfuerzas, pierdes.

– ¿Qué crees que te ayudó más? ¿El trabajo duro o cómo lo empaquetas?

– Híjole, qué buena pregunta. Es un balance que encontré, y no sé cómo explicarlo… te puedo decir, que mi mamá siempre…

Fernando despierta a media oración. Nunca había sentido tantas ganas de llorar, ni fabricado tantas razones para evitarlo. Tres días después, 200 de sus empleados fueron reemplazados por agentes de inteligencia artificial.